El salar de Uyuni, en Bolivia (también conocido como el salar de Tunupa), está ubicado a casi 3.700 metros sobre el nivel del mar, y es el salar continuo más grande del mundo: 10 mil millones de toneladas de sal en 12 mil kilómetros cuadrados.

Viajar por este desierto blanco y duro, brotado de espejismos provocados por las inundaciones, es como atravesar el escenario de los sueños; sueño se puede hacer realidad simplemente alquilando un auto o contratando una excursión en el pueblo de Uyuni.

La excursión puede durar entre uno y tres días, y sus sorpresas comienzan apenas 3 kilómetros después de haber dejado atrás el pueblo, con un cementerio de trenes abandonados; son decenas de vagones y locomotoras a vapor, que sirvieron, a fines del siglo XIX y principios del XX, para el traslado de minerales, y hoy componen un cuadro exótico y conmovedor. 

Luego aparece el poblado de Colchani, “La Puerta del Salar”, donde se cultiva la quinoa (el súper alimento que fue base de la dieta de los incas), se crían llamas y funciona la cooperativa que extrae la sal y elabora la sal yodada. Esta parada es indispensable para comprar recuerdos elaborados en sal y conocer la cultura y a las personas que se dedican al trabajo en el desierto blanco.

Más adelante se atraviesa el Ballivian, un lago relleno de sal hace miles de años.

El viaje se enriquece con la visita al insólito hotel Playa Blanca, todo construido con sal, y continúa con la Isla del Pescado, una saliente rocosa con forma de pez de la que brotan altísimos cactus.

Si el viajero tiene tiempo, puede seguir viaje rumbo al Altiplano, para conocer la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Abaroa, visitar el mirador del Volcán Ollagüe, el árbol de Piedra, y bellas lagunas como la Hedionda, la Chiar Kkota, la Honda y la Colorada. En un tercer día de recorrido puede conocer los géiseres Sol de Mañana, los baños termales, el Salar de Chalviri, Valle de Dalí, Laguna Verde y el Volcán Licancabur, y de regreso al pueblo de Uyuni pasar por el Valle de las Rocas, Villamar y Culpina y San Cristóbal.

Más allá de la extraordinaria belleza del paisaje, este hipnótico lugar del mundo constituye la principal reserva mundial de litio (metal empleado para la construcción, por ejemplo, de naves espaciales, submarinos y baterías de todo tipo), lo que implica un gran riesgo y un enorme desafío: explotar su riqueza económica, que permite la supervivencia digna de los habitantes de la región, sin agotarla, y sin destruir la belleza ancestral del sitio. 

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